Más allá del brillo: Mi camino con la pasión de la Vanidad
Cada mañana, al sonar el despertador, mi mente arranca como un motor afinado: planifica, proyecta, calcula. Visualizo qué tengo que hacer, con quién hablaré, qué versión de mí misma debo encarnar ese día. Amable, glacial, inspiradora. Cada jornada, un escenario. Cada encuentro, una obra. Yo, la actriz.
Durante casi 51 años he interpretado papeles. He creado una identidad distinta para cada contexto. No se trata sólo de cómo me visto o maquillo. Se trata de elegir quién debo ser para que el otro me vea, me apruebe, me admire.
La verdad, esa verdad que no deslumbra ni seduce, me daba miedo. Pensaba que si me mostraba como era de verdad, perdería valor. Que nadie me querría si no brillaba. Que ser promedio era condenarme al olvido. Y así, he vivido al servicio de una necesidad insaciable: ser admirada. Porque si me admiran, no me abandonan. Si me admiran, soy alguien.
Cuando el aplauso es la medicina en mi camino con la pasión de la vanidad
Me preguntan cómo hago tantas cosas. Cómo llego a todo. Cito aquello de “Como no sabía que no podía hacerse, simplemente, lo hice” y sonrío. Pero la verdad es que corro. Cada día es una carrera con una sola meta: ser la mejor. Brillar. Ganar.
¿De dónde viene esta obsesión por ser la mejor? Veréis, el podio es mi lugar de alivio. El único donde, por unos segundos, puedo descansar de la duda sobre si merezco amor sólo por ser. Pero ese efecto dura poco. El telón cae, y otra carrera comienza. El personaje tiene que volver a escena.
Vanidad disfrazada de eficiencia
Fui veloz. Como el Conejo Blanco. Haciendo, logrando, adaptándome. A veces sin dormir. Sin parar. Hasta que el cuerpo dijo basta. Fue entonces cuando, por primera vez, consideré que tal vez necesitaba ayuda.
Entré en terapia. Al principio, para explotarme mejor y seguir rindiendo. Pero la terapia me llevó de vuelta a mí misma. Descubrí cómo incluso allí quería impresionar. Ser la paciente perfecta. Responder antes de ser preguntada. Brillar incluso en la vulnerabilidad.
Pero tuve suerte. Quien me acompañaba sabía del juego, tal vez, porque su pasión también era la mía. No se dejó deslumbrar. Supo ver a través del personaje y, así, yo seguí avanzando en mi camino con la pasión de la vanidad.
El Eneagrama como espejo compasivo
Con el tiempo, el Eneagrama me dio palabras para comprender mi estructura. Comprendí que la Vanidad no era solo un defecto: era un intento desesperado de sentir que merezco estar en el mundo.
Vi que cuidaba más a mis personajes que a la mujer que los representaba. Vi que mi miedo a ser invisible me había llevado a vivir de forma inútilmente agotadora. Pero también vi que podía empezar a cambiar.
De la exigencia a la presencia
Hoy sigo despertando y tomando decisiones. Sigo interpretando papeles. Pero ahora conozco la trampa. Ahora también escucho a esa parte mía que no brilla, pero que tiene un corazón tierno que late. Que no deslumbra, pero que es real.
Y sí, sigo queriendo ser vista. Pero también he descubierto el valor de mirar hacia dentro. De estar presente. De poner mis dones al servicio de otros, no para que me admiren, sino para que también ellos se animen a quitarse la máscara.
Cuando eso sucede, siento paz. La Vanidad ya no me arrastra. Camina conmigo. Como una aliada que me recuerda que sí, puedo brillar. Pero que ese brillo nace de dentro, no de fuera.
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